4 ejercicios para deconstruir el estigma conductual de la revolución digital

en este panorama de estímulos desenfrenados y coacción psicológica, te traemos en este artículo unos ejercicios que te ayudarán a recuperar tu eje y conectarte con tu entorno

¿Qué es una revolución?

Una revolución son aquellos eventos que transforman la realidad de tal manera, que la lógica con la que nos relacionamos con el entorno, con les otres y con nosotres mismes, cambia inevitable e intuitivamente. Desde la revolución neolítica que nos llevó al sedentarismo, hasta la revolución industrial que nos dejó la superpoblación y el calentamiento global, toda época se ha  caracterizado por ciertos eventos particulares que nos hacen empezar de cero el proceso evolutivo social, es decir que nos obligan a re-evolucionar.

Biológicamente la evolución depende de la predisposición que tenga una especie para enfrentar los cambios, y si existe un ente que ha demostrado estar a la altura de toda re-evolución, ese es el capital. El dinero ha logrado adaptarse a los diferentes periodos de la humanidad por milenios como mecanismo de connotación de poder, y saber quien acumula “el poder” nos ayuda a estar organizades (aunque sea a costa del bienestar colectivo).

Después del dominio del fuego, la rueda, el lenguaje o el internet, el capital es sin duda una de las tecnologías con mayor impacto social que haya existido en la historia. Entonces es entendible que, así como van cambiando los medios de producción, cambien también las maneras en las que se ejerce el poder.

El poder de la revolución digital

Uno de los apotegmas de la revolución industrial es el conocido “el tiempo es dinero”, que responde al disciplinamiento fisiológico del trabajador dentro de una cultura de control. Pero ¿qué pasa cuando la acción de trabajar se disocia del establecimiento que lo comprende y su accesibilidad pasa a ser ininterrumpida? Si, “el tiempo es dinero” y “el dinero es poder”, entonces ¿eso significa que cada une de nosotres tiene siempre “el poder”? Y ¿El poder de qué en última instancia? Fácil, de producir y consumir; la dicotomía cíclica del capitalismo.

Trabajar ha pasado de ser una faceta más de la vida a lo que le da sentido; el trabajo gobierna omnipresente nuestro cotidiano y por lo tanto también nuestra psiquis. Así, el paradigma que encausa la actual revolución digital es el de “tú puedes hacer todo lo que te propongas”. Una consigna que nos condena a la autoexplotación voluntaria de nuestros recursos individuales, y al consumo compulsivo de la gratificación necesaria para perpetuar dicho procedimiento por el mayor tiempo posible (hasta el cansancio). La dicotomía del amo/esclavo se diluye y se internaliza en la mente del trabajador, logrando así la objetificación del ser y convirtiendo al sujeto en “un proyecto” que se adapta sin necesidad de opresión, y por lo tanto sin resistencia, al sistema del flujo de capital. O es marginalizado. Rindes o te rindes, así de simple.

Asimismo, el construir vínculos pasa a apreciarse como una inversión en la que estamos inconscientemente deduciendo el costo/beneficio. Si cada segundo de vida es una oportunidad para ser productivo, y si en vez de serlo usas ese tiempo en escuchar por ejemplo la anécdota de un colega o jugar con tus primites, es porque de manera inconsciente esperas que esa acción sea devuelta en el futuro. Las relaciones se vuelven transaccionales, y así la empatía resulta cada vez más difícil de practicar.

La creación en tiempos de coacción

Frente a tal desalentador pronóstico, quienes trabajamos en el área de la creatividad, es decir en el rubro de la invención de nuevas soluciones, nos encontramos constantemente en ambientes poco propicios para crear, sobre todo para quienes (como yo) consideran este oficio como un arte. Porque para encontrar soluciones primero hay que estar permeable a los problemas ajenos, al dolor y frustraciones del otre, a sus necesidades y deseos; y eso requiere un nivel de sensibilidad artística. En una sociedad obnubilada con las acumulaciones métricas y coaccionada a la conformidad, no hay lugar para el arte, pues éste es invaluable e incómodo. Y obviamente nunca faltan los gurúes que aspiran solucionar tus problemas a un módico precio.

En “el sendero del artista – un camino espiritual hacia una mayor creatividad”, Julia Cameron equipara el acto creativo con el desarrollo espiritual, en lo que a mí respecta como la idea más rentable (y cuestionable) de todo su trabajo. Y es que otra de las dicotomías que ha estigmatizado el comportamiento humano por siglos es la de “cuerpo/alma”, que divide al ser en dos organismos separados, por un lado lo terrenal de la carne y por otro lo elevado del espíritu. Es tal vez acá, en este dualismo antropológico, donde radica el germen de la psicología humana actual (así que pueden agradecerle a Aristoteles por el burnout).

Si bien la autora aclara que no es necesario creer en dios para leer su libro, ella insiste en usarlo como referente, tanto que lo termina volviendo su motivo. Lo que pasa es que la creatividad no es la única cualidad humana que ha entrado en crisis debido a los cambios de esta revolución digital, sino también la fe (o la esperanza si se quiere, dado que son sinónimos); y la utilidad moral individualista que proporciona un sistema de creencias religioso es, como se sabe, un placebo de lo más efectivo. En un mundo post verídico, en donde la razón pierde peso frente a la difusión, cualquier lógica por absurda que sea, es una posible herramienta de control. 

Creer es una capacidad psicológica propia del humano por eso, dentro de nuestra cosmovisión antropocentrista, lo consideramos un hecho elevado; pero crear no tiene nada que ver con creer.  Elevar el acto de la creación al ámbito espiritual le quita su organicidad y lo impregna de pretensión. La creatividad no es como un milagro, es más como un parto. Puede ser doloroso, repentino, problemático, petrificante, bello o intrascendente, pero sobre todo no tiene finalidad sino más bien indica el principio.  Al margen de las connotaciones emocionales que le damos les humanes al acto de parir, el parto es un hecho ritual en un sin número de especies. No es solo el otro lado de la moneda, es la moneda entera, es la vida misma. Es la transformación, la evolución, es el acto creador por excelencia.

Pero más allá de si me gustase o no la metáfora que eligió esta mujer para vender sus ideas, los ejercicios psicolingüísticos que proponía me resultaron contradictorios a mi manera de interpretar el proceso creativo, sobretodo porque eran productivos (sus dos ejercicios base: las páginas matutinas que consisten en escribir todas las mañanas en una especie de “flujo de conciencia” y producir todos los día hojas y hojas de pensamientos unidireccionales, y la entrevista con el artista que consiste en hacer paseos o realizar actividades en soledad para lograr conectarse con une misme; me parecieron, ambos ejercicios, egocéntricos y productivos), así que decidí pensar unos propios.

El requisito principal es que no sean rentables, es decir que no produzcan un beneficio incondicional ni inmediato en compensación al esfuerzo invertido. Mi búsqueda entonces está en las antípodas de la funcionalidad y del trabajo por así decirlo, son ejercicios para vagar. 

Una vacancia para la vagancia

Vagar quiere decir estar ocioso. También quiere decir ir de un lugar a otro sin un fin, motivo ni destino determinados. Refiere a un tiempo libre o desocupado, con falta de prisa. El vago tiene, por definición, poca disposición para hacer algo que requiera esfuerzo o constituya una obligación. La vagancia son las ganas de improductividad, pero no por cansancio sino en todo caso para eludir el cansancio. Entonces los ejercicios que ingenie deben ser asimismo vagos; imprecisos, indeterminados, poco claros.

Estos ejercicios a continuación hay que pensarlos como el problema del oso blanco, o the game en inglés; ese juego de proceso irónico en el que pierdes cuando recuerdas que lo estás jugando. Pero en este caso cuando nos venga uno de estos ejercicios a la memoria será entonces el momento en el que lo podamos jugar, de manera que no los vamos a realizar religiosamente todas las mañanas o dos horas por semana, no; sería que cada vez que los recordemos, tengamos la decisión de jugarlos o no.

La memoria es un proceso dinámico que nos constituye en el presente, nuestros recuerdos nos relatan y están sometidos a reordenaciones constantes. No existe el pasado que es igual y recuperable de la misma forma (como el historial de un buscador o las páginas matutinas de todos los días), sino que es una reconstrucción actualizada de nuestra historia, es un proceso narrativo. Es por eso que haremos uso del recuerdo como detonante de nuestros ejercicios. Y antes de seguir debo aclarar que es muy importante también que el recuerdo habilite ese momento de decisión en el que eliges si realizar o no el ejercicio recordado porque, en esta cultura coaccionada por todas partes, es crucial recuperar el juicio.

No le vamos a agregar métricas cuantitativas ni temporales, al final no sabremos ni cuántas veces los hicimos ni por cuánto tiempo, no importa, la búsqueda de datos expulsa al conocimiento. Tampoco habrá un incremento obligatorio en la repetición, hay días en los que sí al recordar uno de los ejercicios, decides hacerlo, pues lo harás más extenso e intenso que otros días, será circunstancial. Y por último, aunque creo que está de más decirlo, están vedadas las pantallas.

Ejercicios para deconstruir el estigma conductual de la actual revolución digital

1 cierra los ojos.

Si bien prometí ser impreciso, este primer ejercicio es explícito. Consiste en cerrar los ojos. Listo.

 La realidad la construimos altamente delimitada por el sentido de la vista. ¿Cuándo fue la última vez que cerraste los ojos estando despierto? Resulta casi antiintuitivo plantearlo, pero es una acción sumamente básica, que el excesivo consumo audiovisual nos la viene negociando. En este ejercicio, vas a juntar los párpados de ambos ojos y agudizar los otros sentidos.

Puedes cerrar los ojos en medio de una actividad y continuarla de manera no vidente. También estar en quietud con los ojos cerrados te puede llevar a un estado de ensoñamiento, algo semejante a una meditación, pero sin pretensiones elevadas. Puedes hacerlo incluso conversando con alguien, y así lograr interpretaciones tonales más que gestuales y también silencios vertiginosos (ya lo verás). Ten tu experiencia y si te pinta luego vuelves acá y dejas un comentario.

2 pierde el tiempo…

¿Vieron esa sensación que tienes cuando te has comprometido tanto con una tarea que la noción del tiempo se pierde? Bueno es exactamente lo que este ejercicio quiere provocar, pero sin la expectativa compensatoria del resultado. Entonces lo vamos a lograr reordenando el caos. Lo ejemplifico un poco para dilucidar. 

Cuando vivíamos en la capital, en donde la opresión es incluso más presente, para descontracturar yo solía salir a caminar, que es seguramente una de las actividades más aconsejadas para relajar el pensamiento. En una ocasión coincidencialmente encontré un par de monedas en el piso en diferentes ubicaciones por donde iba haciendo mi camino y las levanté, las llevé a casa y las almacené en una alcancía. Me gustó y lo repetí. De esa manera fui acumulando cientos de pesos que luego utilizaba para comprar algún estímulo en el supermercado.

Pero esta acumulación de monedas se me hacía cada vez más analógica al sistema entero que tanto ostentaba deconstruir, así que un día agarré la lata y en vez de ir a comprar mi bien remunerada golosina decidí hacer el proceso inverso; fui arrojando las monedas en lugares random de mi caminata y fue entonces que pensé en este ejercicio. Una caminata en busca de monedas extraviadas en donde las que recolectaba a la ida, las devolvía al caos de la calle a la vuelta. 

A medida que lo fui implementando los lugares que elegía para devolver las monedas eran cada vez más inesperados. Luego cada vez que pasaba por alguna calle que reconociera de mis trayectos, intentaba recordar dónde había puesto las monedas y cerciorarme de si aún seguían en el mismo lugar. Yo sentía que me daba cierta perspectiva de lo única y limitada que es mi experiencia.

Uno de los aspectos claves de este ejercicio es el de utilizar objetos que estén por fuera de tu zona de control. Los libros de tu biblioteca, los ornamentos de tu casa, la ropa del placard, los objetos encima del escritorio de la oficina, son todos lugares donde el cambio repercute en tu percepción del cotidiano. No es necesario que sean específicamente monedas. Levantar conchillas rojas de mar camino al rompeolas y devolverlas a la playa a la vuelta funciona también. Hoy en día lo aplico levantando varias ramitas caídas del enorme pino que crece en mi patio, que luego reacomodo en el mismo espacio un sin número de veces, hasta perder noción del tiempo.

3 ¡ponte a bailar!

El nivel de exposición al que está sometido el humano de la revolución digital es abrumador, las redes sociales han fetichizado la exhibición e insertado en el cotidiano su mecanismo de control. Voluntariamente transparentamos una versión autotélica y fantasiosa de nuestros “estilos de vida” en un sistema que se propulsa por la positividad y la emoción, censurando así toda desviación crítica. El Big Data nos hermetiza en sus ciclos probabilísticos para desensibilizar cada vez más el registro de las necesidades y volvernos predecibles.

Resistir estas formas de manipulación resulta difícil, más para las nuevas generaciones que tienen normalizadas estas plataformas de vigilancia autorregulada. Y esto no solo afecta a nuestro comportamiento sino también a nuestra manera de pensar, nos vamos limitando cada vez más a ciertos temas, ciertas actividades, ciertos círculos sociales, ciertas ideologías, a mezclarnos lo menos posible puesto que dividides somos más dóciles. El autómata no es más un concepto exclusivo de la máquina, es el funcionamiento programado de nuestra especie.

En este ejercicio buscamos generar ese registro de la necesidad y el suceso del acontecimiento. El acontecimiento es una discontinuidad en la lógica aditiva de este sistema, rompe con el ciclo programado, con las acciones previsibles y con los pensamientos coercionados. La idea es generar un pedazo de experiencia extracotidiana que nos descarrile, nos alborote, nos revolucione. Y pocas cosas logran dicho cometido como la danza.

A pesar de ser un arte que ha sido mercantilizado en la propiedad privada, jerarquizado por el profesionalismo técnico y también explotado mediante hábitos exhibicionistas, en ella radica la experiencia potencial capaz de transformar al sujeto y desprenderlo del sometimiento. Entonces, vamos a bailar. No un baile que se compone mediante pasos predeterminados (como los challenges de tik tok), ni con intenciones formales (como ocurren en los boliches), ni siquiera con pretensiones estéticas (como en el teatro), en este ejercicio vamos a bailar para invertir la relación de fuerza de la dicotomía mente/cuerpo, bailaremos porque lo necesitamos,  porque es irresistible, porque pinta, porque sí, porque el cuerpo lo pide. Como “una venganza contra la rigidez” como dice Jorge Drexler en la entrevista de Caja Negra.

Ejerce tu libre albedrío y cuando recuerdes este ejercicio, sea con las bolsas de las compras en la mano o colgando la ropa, si así lo quieres, párate y baila al ritmo de lo que esté sonando, y verás cuanta falta te hacía.

4. ¿se un idiota?

A los 3 años las actividades psicomotrices naturales del ser humano modifican su anatomía y cambian aquel cuerpo de bebé por el de una “pequeña persona”, por así decirlo. Físicamente es el preámbulo de su plenitud; corre, trepa, salta, patea, se agacha sin problema, como nunca más lo volverá a hacer. Y sin embargo sigue desarrollando sus actividades motoras finas, por lo que dibujar, comer o vestirse son un desafío. La boca se puebla de dientes y un aspecto muy importante empieza a definirse, el habla. Entonces somos capaces de seguir indicaciones muy acotadas puesto que recién comprendemos el concepto de los números y las letras. Un humano de 3 años está repleto de emociones, ávido de independencia y la imaginación es un caudal con efectos casi alucinógenos.

La idiocia es un trastorno en el que el comportamiento del adulto que lo posee es parecido al de une niñe de 3 años. Un idiota entonces, en este sentido, es un deficiente puesto que su fisiología y su psicología no son correlativas y por lo tanto es disfuncional para el sistema. Es inadaptado, inutil, improductivo, bueno para nada. En la vida hay cosas tan instaladas que solo una regresión idiota nos puede llevar a deconstruir, como por ejemplo el uso correcto de las prendas de vestir, del lenguaje, de los utensilios para la alimentación, del saludo, del ejercicio, del aseo, de la administracion del espacio y de sus muebles, y demás.

La tecnología nos define a medida que la construimos y en una especie de consenso violento y subliminal le vamos adjudicando a la vida un sentido estético, que le idiota afea inintencionadamente creando nuevas formas en donde menos lo esperábamos. El idiotismo es una anomalía, una expresión de lo que no se ajusta a las reglas. Lo opuesto a lo análogo, es decir no se asemeja al resto, es irregular; porque le idiota no busca evidencias sino el absurdo, como aquel pibe que no puede dejar de preguntar “¿y por qué? ¿y por qué? ¿y por qué?”

Ser idiota es muy complejo porque la sociedad premia y estimula la inteligencia, ya que esta es la herramienta por excelencia de la decisión (de hecho etimologicamente quiere decir escoger entre). Aprender, entender y tomar decisiones nos forma una determinada idea de la realidad de la que no es partícipe le idiota, porque este está herético y por ende no puede tomar decisiones. Le idiota se limita a elegir. Al ser como les niñes, no son individuos en sí con propiedades subjetivas, pero claro que tienen personalidad, de hecho lo que más los caracteriza son sus muecas, sus gestos, sus sonrisas, pura singularidad.

Otra de las cualidades del idiota es que está en constante necesidad del otre puesto que el mundo no está diseñado para el o ella. De a parejas prueben vestirse utilizando una remera de pantalón, o cepillarse los dientes con las manos, prueben babearse y mearse encima, prueben comer sin platos, prueben las idioteces más idiotas que se les ocurra y por ahí idiotizandose les viene una ideota.

Conclusión

Desde el trueque con bolsitas de sal hasta las criptomonedas memes el capital ha ido transformándose y transformándonos, y así lo hará por muchos siglos más. Las revoluciones son sin duda momentos potentes de cambios sociales y personales, pero también son los dispositivos que utilizamos para establecer nuevos órdenes. Y el orden es la mejor de las ilusiones humanas.

Revolución quiere decir también “dar una vuelta completa”, volver al mismo lugar; pero jamás ser el mismo, imposible serlo pues el trayecto nos ha modificado. Así que la próxima vez que recuerdes alguno de estos ejercicios deconstructivos de la conducta que nos impone la revolución digital, y elijas realizarlo, regístrate como te encuentras cuando vuelves a tu eje después de haberte revolucionado.

yanick avilés
Yanick has been an actor from birth. Art theorist and illustrator, he likes to work in silence, write articles, think strategies and draw late into the night. He is daring, very prone to black humor. Since he is an "outside the box" thinker, innovative and improviser by nature, he always brings originality to each project. He will start with the craziest idea and fill pages until the possibilities are exhausted, with the certainty that he will not stop until he has found the most powerful idea.
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